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Terra
La Coctelera

Mi Ojo

Las Vacaciones, diálogos absurdos y los planetas que necesito

Salgo una mañana de casa y esa misma tarde llego a uno de los pueblos más bonitos que conozco. Está perdido en medio de las montañas, es tranquilo, tiene mil sitios para ver, animalejos que saltan a nuestro paso y nos deleitan con los espectáculos naturales que poca gente se para a ver. Sólo tiene un problema: los animales más irracionales de todos, esos que forman parte de los 7 millones de mamones, los humanos.
Nadie nos habla, nos miran mal, nos observan... Pero qué más da, nosotros nos reímos y disfrutamos junto con los otros vagabundos que nos encontramos por los caminos y senderos sacados de un cuento que recorremos sin prisa, algo fumados y felices. Plantamos bellotas y pienso en el motivo por el cual no todos podemos ser simplemente extraños, no enemigos y plantarnos contra la sociedad que nos hace tenernos miedo o recelo.
A los pocos días dormimos en un palacio de los de verdad, pero con todas las maravillas que lo harían humano y no tan solemne como parece. Es lo que hay. Dormimos en un palacio y no nos sentimos mejores, simplemente acogidos en casa de alguien que no nos conoce y nos brinda su hospitalidad.
Cuando volvemos a casa nos brindan otra oportunidad de volver al buen camino, que ya hemos teniido nuestros días de esparcimiento, y yo vuelvo a pensar en las bellotas y en lo necesario que es vivir rodeados de mierda para todos nosotros, que no estamos de acuerdo con la situación geopolitica-social-cultural-y-de-desigualdad que nos rodea...
La próxima vez que vayas a cagar piensatelo dos veces, desconfía, porque te voy a dar otro motivo para preocuparte.
Visita esta página: El espacio que necesitamos

El mio es de 1.1
Seamos sinceros con una máquina y olvidémonos de los humanos, yo quiero ser un berberecho

Pequeña gran curiosidad...

Como no tomándome un café de esos que fabrican espirales.
Es sólo una de esas preguntas que no llevan a ningún lado, nada más que a satisfacer mi curiosidad absurda.
La pregunta es esta: ¿Si hago una foto a un arco iris en blanco y negro qué pasa? ¿Sale el arco iris en tono de grises? ¿Sale?
Es complicado ver un arco iris, sobre todo si en casi-noviembre hace como a mitad de verano, y más aún llevar la cámara cargada con blanco y negro (querida nostalgia analógica)
Gracias.

Cánones de belleza, tecnoadictos y otras zarandajas...

Ayer hablábamos con unos amigos acerca de la Barbie, esa fabulosa muñeca estilo Pin-Up tan de moda por décadas, y de la curiosa anécdota que implican sus proporciones: Si fuese real debería andar a cuatro patas porque sus piernas no podrían mantener su cuerpo.
Es curioso, nuestro fetiche más idolatrado es simplemente una quimera, es un dato más, digno de una olimpiada del conocimiento absurdo, de aquellos datos que pueblan nuestra cabeza inundando espacios tan importantes para el resto de funciones de nuestra vida, como el cagar y limpiarse bien el culo, y que no valen más que como reseña.
Esto, que tan poco sentido tiene, me llevó a escuchar, mientras comiamos en un bonito pueblo de cantabria, una conversación a voces (de acuerdo, soy un cotilla sin justificación) que versaba sobre la capacidad de las listas de reproducción de un teléfono móvil de no-se-cuantos-miles-de-trillones-de-megas, que le había dado dinero aunque había pagado 69 euros.
Yo me divierto con las olimpiadas de conocimiento absurdo, pero me deprime que el conocimiento absurdo sea el leiv-motiv de tantos y tantos personajes-personas que andan cada día por ahí sueltos, sin vacunar, múltiplicandose por doquier y dejando el tiempo para resolver problemas a el resto de pobres desgraciados que se preocupan por las medidas de la Barbie.
No se quienes son más peligrosos de los dos, si los que deducen porque la tostada cae del lado de la mantequilla de forma matemática o los ineptos que hacen que su hija, que a poco más no sabe casi andar, sea capaz de ponerse el teléfono de marras en las manos y usarlo de la manera correcta.
Por este motivo me alegra seguir pensado en el conocimiento absurdo, porque no es nada más que eso, absurdo, no tiene fin, simplemente está ahí y el único mal que hace es descubrirnos cual es la única parte de nuestro cuerpo que no somos capaces de tocarnos con nuestra mano izquierda.
Mi café volvió a dibujar bonitas espirales sin fin y ahora recuerdo una película que se llamaba Pí.

Aqui teneis algo absurdo, pero más lógico de lo que parece.
Sigo siendo parte de los siete millones.

Despertando a la ineptitud

Leyendo el periódico todas las mañanas, mientras desayuno el habitual café , corto de leche, y viendo pasar por la ventana el tiempo de hacer algo, se me ha ocurrido hacerlo:
Quiero ser un mamón.

He cogido a la gata, que para variar está en celo, me he desperezado por enésima vez, he recordado lo que anoche se me pasó por la cabeza, y no pude dejar escrito por la fabulosa rapidez y efectividad de los programas asociados a microsoft, y he recordado lo importante que es la memoria histórica.
Si, esa de la que nos encantaría deshacernos para poder vivir tranquilos, sin sobresaltos.
Entonces se me hizo claro el plan: La droga perfecta, la que Huxley menciona sin pudor en "Un mundo feliz" la misma que suministran a los jóvenes en interestatal 60, la misma que todos nosotros probamos cada tarde encendiendo la televisión, la radio o el periódico y que nos hace discutir una vez tras otra los mismos escándalos, sobornos, la que nos hace a los buenos malos y a los malos amigos del mundo occidental. Este mundo occidental empeñado en occidentalizar cada día más a los que no quieren serlo, este mundo democrático en el que el pueblo solo es espectador de como le roban, por descontado económicamente, cada día sus libertades (que por otro lado no existen) y en el cual tener una idea es peligroso...
Si, quiero ser un mamón, quiero perder la consciencia de ser yo y convertirme en un borrego idiotizado al que sólo le falta cagar en un redil.
Archipielago Gulag, como aquel libro que fue considerado ficción y sólo narraba la verdad.
Dadme esa droga por favor. Y que alguien apriete el boton rojo de una vez.
Por cierto, mi café sigue creando espirales infinitas igual de bellas cada mañana, y ellas no olvidan, se recuerdan a si mismas por siempre.

Otro pincho de tortilla

Lo bello de las espirales de mi café con leche, solo con un cambio de color

UN PINCHO DE TORTILLA

Esos siete millones son los que dirigen la Guerra.